LA MÚSICA MEXICANA

 

Como en todos los países del mundo, en México el concepto de música es muy amplio y  complejo. Se refiere a las expresiones aborígenes, al acervo popular y a las manifestaciones cultas. Entre un antiguo canto seri, un bolero de Agustín Lara, un vals del siglo XIX y la “Sinfonía India” de Carlos Chávez, no parece haber en común más que la nacionalidad mestiza y la sensibilidad de un pueblo múltiple que ha conservado tradiciones, adoptado esquemas europeos y emprendido caminos propios dentro de lenguajes que se informan en la más rigurosa actualidad del dodecafonismo, la atonalidad o la música aleatoria.

 Acercarse hoy a la música de México es abrir la puerta a un maravillloso universo lleno de colores y de mensajes. Esta policromía, registrada desde hace tiempo en grabaciones de muy buena calidad, en los años más recientes ha encontrado una estupenda vía de acceso en los discos de la marca  LUZAM, que con amplio conocimiento de la materia, tecnología de avanzada e impecable rigor histórico, están ofreciendo al gran público internacional un catálogo muy selecto que abarca los más variados géneros y agrupa a los mejores intérpretes.

 Cinco siglos han acumulado un repertorio muy vasto. Poco se sabe de la música prehispánica, pero tan pronto como se asienta la colonia, comienzan a llegar a la tierra recién conquistada los cantos religiosos de España y también los hallazgos populares, donde se van colando elementos extranjeros enriquecedores, entre ellos la música de la negritud.

            Con un propósito sintetizador, puede decirse que la música mexicana, a grandes rasgos, se integra con elementos indígenas, influencias de origen africano, ritmos españoles a veces contaminados por los contactos árabes, acervo europeo tanto en lo popular como en el repertorio de concierto y, desde los inicios del siglo XX, las corrientes que provienen de los Estados Unidos. En otras palabras, estamos ante música de una variedad impresionante.

 Puesto que la música ha estado siempre ligada a los tiempos y a las modas, el correr de los años va dando lugar a olvidos y pérdidas frecuentemente irreparables, pero también abre campo para que los especialistas investiguen y rescaten del pasado partituras que suelen ser verdaderas joyas. Durante mucho tiempo se creyó que en la época colonial toda la música de concierto procedía de España, hasta que se descubrió en Morelia el material de una Sinfonía de Antonio Sarrier, reconocida desde ese momento como primer indicador de las obras de ese género escritas en México.

 Al abrirse el nuevo milenio, el panorama musical mexicano es de gran amplitud. Lo que la marca discográfica LUZAM está haciendo es una parte muy importante en la búsqueda y conservación grabada de obras que manifiestan el espíritu nacional a través de los tiempos. Sin este rescate, probablemente nunca serían conocidas por las nuevas generaciones.

 

EL VALS MEXICANO

 

La cuna universal del vals es Austria. Desde las remotas danzas campesinas llamadas “Laendler” hasta el primer auge vienés debido a Josef Lanner y a Johann Strauss padre, el nuevo ritmo esencialmente bailable,  que unía en la pista a las parejas, se convirtió en escándalo de puritanos pero muy pronto en afición irrefrenable de toda Europa y después del mundo. 

Aunque existe un documento eclesiástico de 1815 que reprueba el “obsceno baile”, se suele aceptar que a partir de la intervención francesa (1862), se popularizaron en México las formas europeas del vals, que no sólo se aclimataron, sino dieron lugar a que muchos compositores, de la capital pero sobre todo de la provincia, hicieran ensayos muy afortunados del nuevo género. 

El vals mexicano tuvo desde un principio características propias. Perdió el vértigo danzable, se hizo más lento y adecuado para  escucharse.  Aunque se convirtió muy pronto en predilecto de la sociedad metropolitana, lo cierto es que la gran mayoría de sus autores nacieron en el interior del país, aunque muchos de ellos se hayan mudado a la ciudad de México en busca de mejores condiciones de vida.

            El ritmo del vals tiene tal arraigo, que no se limita a crear un género específico, sino que se convierte en una de las esencias de la canción mexicana, donde se encuentra con mucha frecuencia el típico compás ternario. Es el caso, por ejemplo, de melodías regionales tan peculiares como “Las chiapanecas”, que no son otra cosa que un vals.

            La hegemonía del vals mexicano se inicia  en la segunda mitad del siglo XIX y se extiende hasta la tercera década del siglo XX, aunque hasta hoy sigue habiendo compositores que abordan ese género.

            Aunque los valses que hay llegado hasta el presente están ligados a formas orquestales, en particular de la llamada “orquesta típica” donde la cuerda habitual está reforzada por salterios, vihuelas y bandolones, no se debe olvidar que la mayoría de las partituras originales de esta música son de piano, y que a partir de ellas los valses se tocaban de oído, y  así se siguen tocando en cantinas y cafés donde se reúnen ejecutantes de muy diversos instrumentos, con la única constante del piano, base insustituible, y a veces del salterio. Entre las modernas transcripciones de valses para orquesta sinfónica, vale mencionar las del destacado compositor Manuel Enríquez. 

Se asocia el vals, con mucha razón, a la época porfiriana (hacia 1880-1910). Fueron décadas de florecimiento de autores que cobraron prestigio tan grande como el de Juventino Rosas, cuya paternidad del vals “Sobre las olas” no acaba de ser discutida. Subsisten algunos que continúan creyendo que se trata de música argentina o europea.  

Las formas del vals mexicano son variadas. Corresponden a conceptos diversos, entre ellos el del “vals de concierto” para piano, que tiene máximas expresiones en el “Capricho” de Ricardo Castro y en la paráfrasis de “Sobre las olas” hecha por José Rolón.